Realmente no tenía nada que ver con lo que se muestra en Internet, sí tenía todos los servicios que prometía, pero el aspecto y la higiene dejaban mucho que desear, aunque como era barato (5$ la noche por persona), allí nos quedamos. Nos recibieron Giovanni (el hijo de Juan) y un trabajador del hostal. Como llovía nos dejaron plantar la tienda bajo el porche.
Nos explicaron un poquito todo lo que se puede ver en el pueblo y nos fuimos a pasear con Giovanni para ver los árboles cuadrados. Para esa actividad hay que entrar por el Hotel Campestre, y te cobran 2$ por persona, así que no entramos, y nos volvimos mientras Giovanni nos explicaba cosas del pueblo y de su vida. Cuando llegamos al hostal ya había llegado Juan, que nos dio un mapa del Valle y nos explicó todo lo que hay que ver con más detalle (casi todo de pago) y nos enseñó unas cuantas fotos. Como a las 18h ya es súper de noche nos pusimos a jugar al billar (destrozado, todas las bolas se metían por el mismo agujero), cenamos y nos fuimos a dormir, con los 4 perretes que que vinieron con nosotros y no nos dejaron dormir con los ladridos.
Nos levantamos al día siguiente y Blanca, Blaky y Chuchín nos esperaban en la puerta de la tienda. Desayunamos fuerte y nos fuimos de ruta por la montaña, al Cerro Macano, que casualmente es propiedad de Juan, un paseo muy agradable con unas vistas espectaculares. Íbamos con la esperanza de ver un tucán ¡y lo vimos! además de colibrís, águilas, que están por todas partes, cuervos, buitres y mariposas de tamaños y colores increíbles.
Después de unas horas de caminata volvimos al hostal a comer algo rápido y volvimos a salir. Fuimos paseando por el pueblo hasta las pozas termales. Por la entrada te cobran 3$ y se trata de un recorrido específico en el que te vigilan para que lo hagas bien: entras, te cambias en el vestidor, sales, te pones una mascarilla de arcilla natural en la cara, esperas 15 minutos con los pies en remojo (tiempo en el que te comen los mosquitos), te duchas y te metes en la piscina de agua termal...la verdad es que el sitio nos decepcionó un poco, todo tan controlado para algo tan natural, ¡pero qué agustito se estaba en el agua!
Después de 45 minutos en la piscina volvimos al hostal como nuevos. Resulta que en el pueblo hay un supermercado normal, ¡y nosotros cargando con toda la comida! A las 18h empezó nuestra rutina de tardes: billar, cena, más billar y dormir, ¡de nuevo horario gallinil!
Al día siguiente después de desayunar decidimos salir a hacer alguna otra ruta por la montaña que no se tuviera que pagar, ya que se puede visitar la Índia Dormida, pero también te cobran (a no ser que empieces por un brazo, que de eso nos enteramos más adelante)...así que empezamos a caminar por donde nos pareció, todo urbanizaciones con casas impresionantes, súper bonito en realidad. Por e camino nos encontramos a José, un niño de 10 años que paseaba con su bicicleta, y su paraguas, por supuesto, y se unió a nuestro paseo.
Hablando de todo y compartiendo caramelos y cacahuetes, nos explicó que no se puede ir por la montaña más que por las rutas de pago y el Cerro Macano, porqué todo es privado y está prohibido el paso, así que cuando llegamos al Níspero, un zoológico al que por supuesto no íbamos a entrar, nos dimos la vuelta y volvimos y volvimos a la carretera principal. Seguimos el paseo adelante hasta que llegamos al Mercado de Artesanía, dimos una vuelta por allí y preguntamos a un vendedor la hora a la que retransmitían allí el partido Madrid-Barça de esa noche. Estaba a punto de empezar y nos acompañó a un bar cercano, donde lo vimos rodeados de panameños fanáticos y muertos de frío por el aire acondicionado.
Después del partido nos fuimos a comer al hostal y cómo no, se puso a llover a cántaros, y ya nos quedamos toda la tarde allí, jugando al billar con unos franceses que vinieron, y poco más.
Amaneció lloviendo, así que por la mañana nos lo tomamos con calma. Cuando dejó de llover y salió el sol cogimos nuestra mochila y los chubasqueros (tenemos bien aprendida la lección) y nos fuimos a pasear por las urbanizaciones del pueblo. Llegamos a un trocito de montaña súper bonito, aunque como iba con chanclas decidimos no adentrarnos mucho y...se puso a llover a muerte, nos metimos debajo de un árbol, pero llovía tanto que aún así nos empapamos enteritos, así que una vez ya mojados fuimos volviendo al hostal "xinu-xanu" bajo la lluvia, jugando a hacer carreras de palitos riachuelo abajo, ¡como críos!
Llegamos al hostal y después de comer David se dio cuenta de que le dolía un poco la rodilla. El día anterior se había petado un granito y se le había infectado un poco, así que con un alfiler, unas pinzas y una gasa procedimos a limpiarlo. Al cabo de un rato tenía la pierna como un chorizo y no podía moverla, y además tenía otra hinchazón un poco más abajo. Fui a la farmacia con una foto de su rodilla para ver si me podían vender algo, pero la farmacéutica me dijo que tenía pinta de alergia a alguna picada de insecto y que tenía que ir a médico de urgencias. Cuando volví Juan nos acercó en coche al Centro de Salud. Allí nos atendió el doctor Zabala, quien con un solo vistazo nos dijo que eso no era una picadura, sino un absceso provocado por petarse el granito con las manos sucias, o como dicen los panameños es que tienes la sangre sucia. Le recetó inyecciones de antibiótico y antiinflamatorio para los 6 próximos días, por lo que nos teníamos que quedar allí 6 días más máximo, aunque habíamos dicho de irnos al día siguiente, pero así es la vida... Le pusieron las inyecciones en el culo y volvimos al hostal, sabiendo que tocaban día de reposo absoluto. En ese momento empezó mi papel de mamá-enfermera.
A partir de ese día empezamos una rutina diaria: levantarnos, desayunar con ajo (que es antibiótico natural), ir al médico a que le inyectaran las medicinas a David (aquí empezamos a hacer autostop regularmente, ya que David no podía caminar), volver, tomar café en la fonda Laurita, comprar algo de comida sana aprovechando el supermercado, hacer macramé, escribir y jugar al billar. No por eso se nos hizo muy pesado, pues cada día era diferente. Un día por el camino nos encontramos un coco y lo abrimos y lo disfrutamos, otro día nos encontramos un mango e hicimos zumos de piña, maracuyá y mango, descubrimos el árbol de canela y con sus hojas nos hicimos infusiones, otro día llegó a hospedarse un grupo de hippies con quienes hablamos mucho...entre ellos una chica que llevaba un gatito cachorro que la primera noche ya murió devorado por los perros...así de relajados parecía que la rodilla de David iba mejorando, pero sin querer se dio un golpecito con el filo de una mesa y la cosa empeoró bastante. El viernes estaba tan mal que le vio el doctor y le cambió el antibiótico por otro más fuerte por 4 días más, y nos enviaron al hospital de San Carlos para que le hicieran una analítica en el laboratorio. Cogimos el autobús hasta San Carlos, pagamos 2,6$ por cabeza, hice cola en el laboratorio, me mandaron a la otra punta del hospital a pagar la analítica, volví, sacaron sangre a David y nos mandaron esperar. Una hora más tarde nos daban los resultados y volvimos al Valle en el mismo autobús, pero esta vez nos cobraron 3,6$, incomprensible... Llegamos al Centro de Salud un cuarto de hora antes de que cerrara, y el doctor nos dijo que tenía una gran infección, que necesitaba 3 días más con el nuevo antibiótico y nos mandó unos medicamentos para el dolor y para ayudar a que el grano reventara y saliera toda la infección. Ya ese mismo día con todo eso mejoró la cosa bastante, seguimos con la rutina y al día siguiente por fin reventó (3 días seguidos supurando).
Como no habíamos podido ir a ver la Índia Dormida, unas personas del hostal se ofrecieron para darnos un paseo en coche por aquella zona, y como la palabra paseo nos pareció tan inocente aceptamos. Al cabo de un rato nos vimos en el coche en medio de la montaña, el conductor y la copiloto bebiendo birra y vodka como si no hubiera mañana, cuando ya llevábamos unas dos horas de camino y se hacía de noche, el conductor se dio cuenta de que no llevaba la documentación...cuatro horas de paseo con curvas y cada vez más oscuro...pero llegamos sanos y salvos de vuelta al hostal.
Nos habían hablado ya de Santa Clara y aunque nuestra idea era ir de allí a Pedasí, Juan nos convenció para ir a Santa Clara. Pasamos el último día allí muy tranquilos, sin hacer mucho, preparándonos para partir al día siguiente.
como todos los días anteriores David, esta vez solo, se fue al Centro de Salud a ponerse sus inyecciones y yo de mientras preparaba las mochilas. Cuando lo tuvimos todo listo nos fuimos. No pudimos despedirnos de la familia, pues Giovanni estaba en el colegio y Juan todavía dormía, así que nos despedimos del trabajador y de quienes más nos costó, de los perros. Salimos del hostal y debieron de saber que no volveríamos, pues por una vez no nos siguieron.
Cogimos un bus hasta las Uvas que nos costó 1,5$ por persona y en las Uvas cogimos otro dirección Penonomé por 1$, que nos dejó en la parada más cercana a Santa Clara. Cruzamos la Panamericana y caminamos recto por el pueblo durante 20 minutos hasta llegar a la playa. Una playa impresionante, grande y preciosa, llena de ranchos donde viven los pescadores. Hay varios sitios donde ofrecen cabañas para hospedarse, pero nosotros buscábamos un rancho donde te dejan acampar y pagas la voluntad. Lo encontramos sin mucha dificultad y como la marea estaba muy alta nos dejaron acampar en el corral.
En ese mismo rancho conocimos a Valeria, una chica holandesa que iba a quedarse dos noches y ya llevaba dos semanas,y como era vegana solo comía pan y plátanos...creemos que no se había esmerado mucho en mirar los productos del súper...Pasamos un día muy agradable, casi todo el tiempo dentro del agua, a pesar de las olas enoooormes que había.
Disfrutamos de uno de los más bonitos atardeceres que he visto nunca...
Por la noche subió tanto la marea que nos asustamos porqué creímos que iba a llegar a la tienda, ¡casi pero no! Antes de ir a dormir estuvimos un buen rato hablando con Valeria y Bondy, un chico de allí, en una terraza mirando las estrellas. ¡Espectacular! Y si en el Valle eran los perros los que no nos dejaban dormir, allí eran los gallos...¡toda la noche cantando! Y anda que eran pocos...
Resulta que allí donde hay supermercado llevamos comida y donde no lo hay vamos con las manos vacías, ¡si es que a llevar 4 mochilas se le puede llamar manos vacías! Después de esperar a que se hicieran las 8h, desayunamos en uno de los restaurantes de la playa, el cual nos salió caro, porqué al precio de la carta le añadieron el impuesto de no sé qué, la propina...que luego descubrimos que era ilegal...¡palomicos! Nos fuimos Panamericana pa'lante en busca de un súper grande que nos habían dicho que había, pero en vez de eso nos encontramos el Mercado Río Hato, que también nos sirvió, y donde encontramos fruta y verdura a buen precio. Seguimos hasta el siguiente pueblo en busca de un cajero, porqué en Santa Clara no hay, y en vez de volver por donde habíamos ido decidimos volver por la playa. Preguntamos si era posible y nos dijeron que solo se tenía que saltar una piedra...¡una piedra que resultó ser una montaña llena de cactus!¡Y yo con chanclas! A pesar del mal rato conseguimos cruzar y llegar de nuevo a Santa Clara. Una vez allí justo llegaban los botes de pescadores con toda la mercancía, cajas y cajas de bonito. Preguntamos por el precio de la pieza y David compró uno enorme por 2$.
Ese día había bastante gente en la playa, el fenómeno del panameño y su cooler, así que cogí mis pulseras y me aventuré a venderlas, ¡con mucho éxito!
Cuando volví aprovechamos los últimos rayos de sol en el agua y hablando con un grupo de panameños que nos invitaron a cerveza y cuando se fueron nos dejaron las botellas de gua que les sobraron. Esa misma noche continuamos produciendo pulseritas. Cuando ya se iba la luz nos pasábamos un buen rato en unas hamacas observando las estrellas, las luciérnagas y acompañados de Chiquita, una perrita que enseguida se hizo nuestra amiga.
Al día siguiente hacía un calor insoportable, así que por la mañana fuimos a minisúper del pueblo y nos volvimos cargados de plátanos y agua. Pasamos el resto del día en el agua, nisiquiera fuimos a vender, ¡era imposible!
Por la tarde descubrimos la merienda perfecta: galletas Maria con crema de cacahuete y plátano. Entre agua y macramé se nos hizo de noche y preparamos las mochilas para continuar el viaje al día siguiente. El mar hizo su efecto y David por fin volvía a tener la rodilla en perfecto estado. ¡Susto superado! Ahora sólo nos quedaba saber qué era lo que nos picaba, pues teníamos las espaldas llenitas de picaduras...
Al día siguiente sí que partíamos hacia Pedasí, pero eso ya es otro capítulo...
No hay comentarios:
Publicar un comentario