Bajamos a la playa a buscar algún hostal donde acampar y nada más llegar salió un chico del restaurante Playa Venao, Gabriel, que nos dijo que podíamos acampar sin problema en la playa mismo, que es muy seguro, y que podíamos usar las duchas del restaurante. Aún así David fue a preguntar precios a los hostales, porqué la idea de irnos a bañar o a pasear y dejar todo ahí solo no nos gustaba mucho. Mientras él preguntaba llegó Rubén, el dueño del restaurante, que me preguntó que qué buscábamos, y me dijo que si queríamos podíamos acampar gratis en el patio de la casa donde viven sus empleados. Cuando llegó David, por supuesto aceptó y nos subimos a sus coche para que nos llevara, en el asiento de atrás había un arma enorme, y cuando David preguntó si era de juguete él se rió y la apartó...¡era de verdad! Fuimos todo el camino echándonos miraditas de inquietud mientras Rubén nos enseñaba todos sus futuros proyectos por la zona...y nos decía que quizás más adelante podríamos trabajar en el restaurante. Llegamos a la parcela, que constaba de 3 o 4 habitaciones de empleados, un baño y unas cuantas habitaciones más en construcción. En el resto del solar los trabajadores estaban lijando los muebles del restaurante, preparándolos para la temporada. Allí mismo acampamos, y cuando Rubén se fue preguntamos a una chica de las que había por allí si todo ese rollo era de fiar, y nos dijo que sí, que no nos preocupásemos.
Una vez instalados bajamos a la playa a darnos un baño y a flipar una vez más con la hermosura que nos envolvía.
Más tarde nos pasamos por el restaurante a conocer a los chicos y a tomar una cervecita, y ahí empezó la pesadilla de la chitra (un minimosquito casi invisible que pica y duele que no veas, y deja unos granitos que no puedes dejar de rascarte hasta que sangra). En Venao hay un par de tienditas de comida, pero no son nada asequibles para ningún bolsillo, así que al día siguiente tocaba excursión a comprar a Cañas, el pueblo de al lado. Con los pies llenos de picadas nos fuimos a cenar y a dormir.
Nos levantamos al día siguiente y, haciendo autostop, llegamos a Cañas. Entramos al minisuper (por supuesto tampoco hay un súper normal) y a parte de ser todo caro no hay mucha variedad donde elegir. Cogimos dos o tres cosillas, entre ellas anti insectos, porqué teníamos la tienda llena de hormigas y de chitra. Volvimos desayunando por el camino y nos pasamos el día en la playa sin hacer nada. A mediodía queríamos cocinar arroz y cogimos palos para hacer fuego en el solar, pero nos prestaron un fogón, en teoría para que no se ensuciara el suelo, pero yo creo que era que dábamos penita ahí haciendo fuego bajo el sol..., así que cocinamos como en casa y a la sombra. Nos duchamos y bajamos a la playa de nuevo a ver la puesta de sol. En e restaurante con los chicos, nos explicaron que últimamente veían muchas tortugas saliendo a desovar por la noche. Nos fuimos con Gabri, el chico argentino que nos recibió e día anterior al bar Selina, también en la playa y a media cerveza nos sorprendió una boa que se había colado, ¡súper normal!
Volvimos dando un plácido paseo por la playa y tuvimos la gran suerte de ver cuatro tortugas saliendo a desovar. No pude contener las lágrimas, toda mi vida soñando con ese momento, ¡no me lo podía creer! Lastimosamente también vimos nidos con los huevos robados, allí todavía ha quienes se lucran con su venta...y decidimos hacer algo al respecto si podíamos. Aquella noche fui a dormir con una gran sonrisa, feliz. A media noche David me despertó con los pies ultrainflados, desesperado por el picor, y yo me di cuenta que yo los tenía igual y me empezaron a picar también, ¡era insoportable! Recordamos que momentos antes Gabri nos había dicho que si nos picaba nos echáramos limón y así lo hicimos...¡funcionó! ¡Un momento de escozor y adiós picor!
Como habíamos comprobado que los minisupers de Pedasí eran más grandes que los de Cañas, aunque no más baratos, nos dirigimos nada más levantarnos a Pedasí a comprar para los siguientes días. Llegamos, compramos y fuimos a desayunar a la panadería Pedasí y comimos bollos de nuevo. Volvimos, comimos, pasamos la tarde en la playa, paseando y descubriendo sus pequeños animalitos, como las caracolas, y después del atardecer nos fuimos a arreglar porqué en el Selina había fiesta de rumba electrónica.
Bajamos después de cenar, pero esa fiesta nunca se hizo, esperamos un rato a ver si venía gente, pero nos estábamos quedando dormidos y hacía frío, así que nos volvimos a la tienda. Paseando poco a poco por la playa de vuelta, con una luz muy tenue, tuvimos de nuevo la enorme suerte de ver una hermosa tortuga saliendo a desovar. Decidimos esperar a que hiciera el hoyo, pusiera los huevos y los tapara, todo un espectáculo, y una vez que se fue tapamos todas las huellas e hicimos una pequeña marca para verificar al día siguiente que no habían robado los huevos. Y así fue, allí estaban aun. Es lo más hermoso que he visto nunca. Otra noche que me iba a dormir con una enorme sonrisa, feliz. Aunque la sonrisa duró hasta el nuevo ataque de las chitras, ¡es desesperante!
Muy cerca de la playa hay una cascada súper linda, así que al día siguiente, después de desayunar, decidimos ir a verla y bañarnos en el río, que ya echábamos de menos el agua fría. Para llegar tuvimos que andar por la carretera hasta el hostal Ecovenao, y entrar.
Desde allí empieza un bonito sendero por la montaña al lado del río muy bonito.
Al cabo de veinte minutos llegamos a la pequeña cascada, ¡preciosa! ¡Y estábamos solos! Disfrutamos de horas de baño y masajes de agua, fotos, galletas y juegos, y cuando los mosquitos empezaron a atacarnos nos fuimos a comer.
Y, ¡a que no sabéis lo que comimos, en la playa, a 35ºC ¡Lentejas! Aunque no pegaban estaban buenísimas, y nos comimos una olla entera llena. Por la tarde paseamos por la playita, vimos el impresionante atardecer y corriendo nos pusimos ropa larga y repelente para que no nos picaran las chitras, aunque eso no servía de mucho...y por la noche, a pesar del calor dormimos tapados y con la tienda cerrada...¡insoportable!
Al día siguiente tocó otra excursión, Playita Resort. Caminamos los 3Km de playa, un paseo realmente bonito, y al llegar al último riachuelo (hay 4), nos metimos por el caminito de bosque y llegamos a Playita, una cala más pequeña que Venao, desierta y con aires de Caribe, sin arena blanca, pero con el agua cristalina...¡qué preciosidad!
Al llegar vimos unas mesas de madera con sombra y con tan solo apoyar las mochilas salió una señora gritando: ¡5$! ¡Está prohibido! ¡Tienes que pagar!... Menudos modales...Ya ves tu el problema, nos fuimos a sentar debajo de un árbol enorme.
Estuvimos toda la mañana en el agua, haciendo snorkel, viendo peces globo, morenas y pececitos pequeños de colores preciosos, y nos echamos una buena siesta. Estábamos tan agusto que se nos hicieron casi las 4 de la tarde.
Fuimos a comer y volvimos a bajar a la playa. Mientras David se daba el último baño del día, (¡como si no hubiera tenido suficiente!), yo disfruté de una increíble puesta de sol rodeada de miles de libélulas y golondrinas...
El día siguiente era el día de la madre, festivo aquí. Nada más despertarnos nos fuimos a Cañas de nuevo, esta vez a visitar el pueblo. Paramos primera a comprar el desayuno, y luego seguimos carretera adelante, que es en lo que consiste el pequeño pueblo: una carretera con casitas pequeñas a los lados, un colegio y una iglesia. Después de un buen rato caminando llegamos a un punto donde la carretera donde había muchas vacas en medio del camino, nos dio miedito pasar y volvimos para atrás.
A parte de eso hacía un calor insoportable, así que lo mejor era volver a la playa (donde no hay ninguna sombra). El resto del día fue como los demás, tarde de playa, súper atardecer rodeados de cangrejos, un ratito en el bar y a dormir. Por la carretera de vuelta a "casa" se podía oír a los coyotes aullando, aunque, como los monos, no conseguimos verlos...
A pocos kilómetros de Cañas está Isla de Cañas, una isla de unos 15Km con una playa espectacularmente grande y desierta. Después de desayunar nos dirigimos hacia allí. Hicimos autostop hasta Cañas, y allí nos dijeron que en 3Km llegaríamos a donde se cogen los botes para ir a la isla. Caminamos más de 3Km bajo el sol y no llegamos y encima todos los coches venían en dirección contraria... Por fin el único coche que iba para allá se paró y nos acercó allí. Para coger el bote como la marea estaba baja,tuvimos que caminar un buen rato por un manglar precioso...¡a que suena bonito? Bonito fue, pero también un tanto asqueroso. Caminar por el manglar significa llenarte de lodo hasta las rodillas, descalzo, pisando hojas, palos y ¡vete a saber qué bichos!
Una vez superado eso, por fin llegamos al bote, donde nos cobraron 1$ por ser extranjeros, en vez de 0,5$ que les cobran a los locales...David le explicó a la lanchera que eso es racismo, y ella se quedó pensativa. Caminamos el único caminito que vimos rodeado de pequeñas casitas y llegamos a la inmensa playa.
Estábamos completamente solos...nos dimos un baño rápido y volvimos a la sombra de un árbol, ¡era imposible estar un solo minuto al sol! Encontramos un par de hamacas y nos quedamos fritos un buen rato. Al despertarnos con la música de una cantina, volvimos a bañarnos y nos fuimos a comer a uno de los restaurantes, comida del día por 3$, ¡y no te la acabas! En la tele estaban dando Matrix y nos quedamos embobados viéndola hasta el final. Luego volvimos al muelle a coger el bote de vuelta.
Coincidimos con una chica y dio la casualidad que la venía a buscar un amigo suyo y pasaban por Venao, y nos dijo que fuésemos con ellos La lanchera se sentía mal por lo de cobrarnos más y nos dijo que ella no era racista y que no nos cobraba la vuelta. Subimos al coche con la chica y su amigo, que se encendieron una pipa de marihuana, ¡así que imaginaos el viajecito! ¡Casi nos pasamos donde nos teníamos que bajar! Nos dejaron a la entrada de la playa y fuimos a darnos un baño...y nos dimos cuenta de que no teníamos nada para cenar, así que decidimos volver a Cañas a pesar de la hora que era. Mientras esperábamos un coche para volver vimos a una señora reuniendo basura y palos alrededor de un árbol enorme y prendiéndole fuego. Le preguntamos que por qué hacía eso y la respuesta fue: no pasa nada...¡flipamos!
Volvimos a pasar por el restaurante para despedirnos de los chicos, ya que habíamos pensado en la oferta de trabajo y no nos convencía, así que al día siguiente nos íbamos hacia Playa Arenal, pero eso ya es otro capítulo..