Las aventuras de una viajera vegana

miércoles, 24 de febrero de 2016

Bocas del Toro

En Bocas del Toro estuvimos 27 días y os lo voy a contar a trozos, porqué obviamente en tantos días tuvimos muchísimos momentos de no hacer nada. Ahora que ya ha pasado los dos coincidimos en que hubiésemos estado menos tiempo para lo que hay que hacer  allí, aunque no nos arrepentimos, porqué fue realmente genial.



Salimos de Boquete el 30 de diciembre, el día del cumpleaños de David, aunque a mi no me hacía gracia que pasara su cumple en un bus, y me imaginaba que en Bocas no iba a haber espacio para dormir en ningún lado, pero David insistió. Cogimos un bus hasta David (valga la redundancia) por 1,75$, y otro hasta Almirante por 8,5$. Este último bus va super rápido por una carretera empinadísima y con unas curvas peligrosas, a tope de niebla y lluvia y pasando por acantilados altísimos. Sobrevivimos y llegamos a Almirante. Desde donde te deja el bus hasta la estación de botes hay como 5 minutos andando, pero nosotros compartimos un taxi con un chico y pagamos 1$. En la estación de botes hay varios niños que quieren ayudarte a llevar tu mochila a cambio de alguna moneda, pero no les dejamos, ¡eran más grandes las mochilas que ellos! Es un poco caos mientras esperas que te avisen para subir a un bote, hay mucha gente y nadie te explica muy bien como hacerlo. Fuimos al mostrador a pagar 6$, normalmente son 5, pero al ser fin de año se estaban aprovechando de los turistas, apuntaron nuestro nombre y una media hora más tarde nos llamaron para embarcar. Hasta llegar a Isla Colón, que es la isla principal y la más grande, se tardan unos 40 minutos, y es un viaje bastante agradable. Llegamos al destino y al principio fue un poco caos, porqué el muelle es pequeño y había mucha gente esperando sus mochilas y tal.
Un hombre croata que viajaba con nosotros en el bote nos preguntó si teníamos dónde dormir y se nos unió en la búsqueda de hostal/cámping/hotel/loquefuera... No encontramos nada, la isla estaba llena de gente para celebrar fin de año y los alojamientos estaban a full. Se estaba haciendo de noche y empezaba a chispear, así que recurrimos a la opción de preguntar en las casas particulares. Después de casi una hora una familia aceptó dejarnos montar la tienda en su porche, por 5$ por cabeza, y a Roby, el hombre croata, le dejaron un minicolchón que nosotros complementamos con nuestra mosquitera, para que durmiera en el suelo mismo y al aire libre. La idea era ir a cenar algo especial para celebrar el cumple de David a solas, pero el hombre siguió con nosotros pese a nuestras indirectas, así que fuimos a tomar una cerveza y más tarde a cenar pizza y a tomar un helado (él tomó vodka). Y no me malinterpretéis, no es que no quisiéramos compañía, pero ese hombre era realmente raro y estaba enganchado a toda red de wifi que encontraba.
Aquella noche dormimos muy bien, aunque el compi no, así que dedicamos la mañana a buscar un sitio donde dormir sin que fuera a la intemperie. Fuimos a desayunar algo a una cafetería y Alexandra, la dueña, se preocupó mucho por el pobre hombre y estuvo mucho rato pensando dónde poder alojarle. Nos propuso que fuésemos a preguntar a Corlin, una mujer del pueblo que suele tener camas de sobras en su casa, y que además tiene una hermana con una cabaña de madera frente al mar. Preguntamos a Corlin y un chico de la casa fue a mostrarle a cabaña a Roby, que quedó encantado, y ya no volvimos a verle... Nosotros pedimos si podíamos acampar en algún lado y nos dejó plantar la tienda en su terraza techada, que la usan para tender la ropa. Nos pareció perfecto, aunque la higiene y la comodidad no eran lo más, y además nos habilitó la cocina y el baño, así que nos instalamos allí.



De camino a hacer la mudanza nos encontramos a Laureano, un chico argentino que habíamos conocido en el Valle de Antón. Nos hizo mucha ilusión encontrarnos, y nos dijo que estaba con todo su grupo y nos invitaron pasar con ellos la noche de fin de año.
Nos instalamos en nuestro nuevo hogar y salimos a dar una vuelta, a comer y a pasear e investigar por el pueblo. A las 18h, cuando sonaban las campanadas en España, nos pusimos en directo TVE y nos comimos las uvas, muy emocionados. Más tarde fuimos a comprar lo necesario para la cena, éramos 13 y nosotros hicimos un par de tortillas de patatas y guacamole, para variar. Nos juntamos con los chicos y mientras cocinamos conocimos a gente nueva y charlamos de las aventuras de los viajes de cada uno. Cenamos en familia y bebimos y bebimos más. A las 00h empezaron a verse fuegos artificiales por todos lados, por lo visto los chinos del pueblo, que son muchos, hacen competición, aunque llueva a cántaros como lo hacía, los fuegos no paran, ¡es súper bonito! Cuando paró la lluvia salimos a ver si había fiesta por el pueblo, y la verdad es que nos sorprendimos porqué no había mucha cosa... encontramos en la calle principal un coche con música en el maletero y todo el mundo bailando alrededor, y allí nos quedamos hasta que se acabó.
El primer día del año no pudo ser peor: me desperté con una resaca terrible, ¡es lo que tiene no beber nunca! Me sentía mareada, con un dolor de cabeza horrible y el estómago del revés. He olvidado mencionar que el baño de la casa se encontraba abajo y que para bajar de la terraza teníamos unas escaleras realmente peligrosas. Así que me pasé la mañana bajando las escaleras mojadas de culo para ir al baño, mareada, vomitando...fatal. David me obligó a ducharme y a comer y eso lo mejoró todo. Prometí no volver a beber jamás. Cuando estuve recuperada, bien entrada la tarde, nos fuimos a pasear y cenamos pizza, para variar.
Al día siguiente dormimos todo el día, solo nos levantamos para comer y dar un paseíllo por la tarde, la isla tiene un ambiente turístico pero bohemio, la gente va descalza, cosa que no recomiendo porqué está bastante sucio, y hay artesanos por todas partes.





Era sábado y en el bar Bambú Bocas hacían Reggae Night, así que decidimos ir. Cenamos en la calle un falafel y nos plantamos en la fiesta. La verdad es que de reggae no tenía mucho, pero fue divertido, aunque nos fuimos bastante pronto. ¡Ah sí! Me tomé una cerveza...
El domingo fuimos a pasar el día a la Playa de las Estrellas, a Bocas del Drago. Para llegar existen botes taxi que te dejan directamente en la playa, pero se puede ir por un camino bordeando el mar que es realmente precioso, yo recomiendo esto segundo.




Es una playa preciosa, aunque demasiado turística, casi no hay espacio y está llena de restaurantes y paraditas de artesanía. Además se supone que hay muchas estrellas de mar y nosotros solamente vimos unas cuantas, pero supimos enseguida porqué ya casi no quedan: justo al principio de la playa vimos un cartel que decía "no las saques del agua, se mueren" y al lado dos personas sosteniendo dos estrellas fuera del agua.



La verdad no entiendo el poco respeto que tienen algunas personas a los seres vivos en general...supongo que es ignorancia. Pasamos el día allí leyendo, haciendo snorkel, sacando fotos y hablando con la gente. Fue un día muy agradable y ¡pudimos ver una manta raya!








El día siguiente la familia nos dejó poner una lavadora, aunque fue peor el remedio que la enfermedad, porqué el agua no cambia, es todo el rato la misma, y acaba negra y por supuesto la ropa también. La idea era alquilar unas bicis para pasear por la isla, pero cuando acabamos con la colada no quedaban bicis, así que dedicamos lo que quedaba de mañana en pensar qué podíamos hacer por la tarde. Fuimos a preguntar precios a las escuelas de buceo, pero al final acabamos apuntándonos para hacer deep board esa misma tarde. Comimos y a las 15h estábamos embarcados para la aventura. Éramos 8 personas, así que lo hicimos en 2 grupos de 4. Nosotros estábamos en el segundo, así que los primeros 25 minutos fueron en el barco, lentamente, disfrutando del paisaje. Por fin nos tocó a nosotros: la actividad consiste en cogerte a una tabla de plástico que va atada con una cuerda al barco y a medida que el barco avanza tu también, con la cabeza sumergida, viendo el fondo marino, pudiendo subir y bajar a tu voluntad.




Realmente valió muchísimo la pena, nos divertimos muchísimo y vimos estrellas de mar a punta pala, langostas, pepinos de mar y un montón de algas y coral. Cuando salimos de allí me dio un venazo y fui  hacerme un piercing a una tienda de un chico valenciano. ¡Creo que tengo ese miedo totalmente controlado! (Y las orejas como un colador).




El día antes de reyes llovió muchísimo y estuvimos metidos en casa todo el día, a excepción de un ratito que salimos cada uno a comprar los regalos de reyes del otro.
Me desperté el día de reyes con mi habitual emoción de abrir regalitos, lo preparamos todo y empezamos a abrir paquetitos: a David le habían dejado un bañador, una pulsera y una camiseta pintada a mano chulísima, y a mí un vestido precioso, unos pendientes, una pulsera típica de Panamá y un llavero de una tortuga para colgar de la mochila. ¡Qué emoción! Y ese día sí, fuimos a alquilar unas bicis para recorrer la isla. Nos montamos y emprendimos el camino hacia Playa Bluff una playa de surferos que nos habían dicho que es muy bonita.



Fue muy bonito, nos paramos a medio camino en una playa súper bonita, y al final no llegamos al destino deseado, porqué la bici era sin marchas y era todo subida en un camino pedregoso y me caí y volvimos para atrás. Nos paramos a bañarnos y a comer en la playa y devolvimos las bicis. Nos arreglamos y fuimos al Selina, un bar donde justo empezaban a trabajar unos amigos argentinos, Nahuel y Lucía, era happy hour, pero aun así nos salió todo gratis...aunque dejamos una buena propina, ¡Nahuel preparaba unas caipiroskas de maracuyá tremendas!
Al día siguiente el cielo estaba un poco nublado, pero aun así salimos a pasear. Decidimos ir a Carenero, la isla de más cercana, así que fuimos a la estación de taxis (acuáticos) y por 1$ por persona nos acercaron a unos metros enfrente (hay la opción de que te lleven por 2$ directamente a la playa, pero nosotros preferimos caminar, que son 5 minutos). Caminamos por el camino que va por la parte trasera del pueblo, encontrando a cada paso rincones increíbles, bastante diferente a Isla Colón.





Fotografiamos todo lo que pudimos por el camino, nada tenía desperdicio. Llegamos a la playa donde estaba la gente, aunque no había mucha, pero seguimos para adelante, adentrándonos en el "bosque". Avanzamos hasta la siguiente playa pasando por un acantilado increíble desde donde se veía a lo lejos gente haciendo surf.







Decidimos pararnos un ratito en la primera playa, pero justo a medio camino de vuelta se puso a llover a cántaros. Por suerte somos prevenidos y llevábamos nuestros chubasqueros, así que todo fue más bonito todavía. David aprovechó y se bañó mientras llovía.



Cuando por fin paró volvimos a "nuestra" isla a comer algo, porqué no siempre somos tan precavidos y no llevábamos nada. Encontramos un restaurante local, es decir, administrado por gente de la zona y frecuentado por gente de la zona, que por lo general es más barato, se llama Don Chicho, recomiendo ir ya que todo lo demás está hecho y pensado para turistas y es carísimo. En ese restaurante había comida apta para mí, que ya es raro porqué como ya he dicho otras veces en Panamá, ¡y encima es barato y abundante! El resto del día lo dedicamos a jugar con los niños de la casa, que son realmente adorables: Bebé, Gingi y Cosquillitas.



Los dos días siguientes seguimos el plan Carenero, esta vez con un sol espatarrante y siguiendo el tradicional día de playa: toalla, snorkel, comida, lectura y agua.






Volvía a ser sábado y volvimos a la Reggae Party, ¡aunque esta vez nos lo tomamos de otra manera y nos lo pasamos genialmente bien!
El domingo llovía, así que durante todo el día no hicimos nada. Por la tarde llegó la persona que esperábamos: Georgina, la hermana de un amigo de David, Noler, que es la jefa del programa de conservación de tortugas marinas y educación ambiental de Bocas. Los que me conocéis sabréis que soy una amante de las tortugas, y me muero de ganas por hacer un voluntariado, y la esperaba a ella para poder hacer algo o bien que me aconsejase. Así que esa tarde quedamos con ella para tomar algo y conocernos. Al cabo de un par de horitas nos separamos y de camino a casa vimos que había en la calle principal una presentación anticipada del carnaval, niñas bailando como si no hubiera mañana, presentando su comparsa, y nos quedamos a verlo. ¡Ah! Resulta que hasta marzo no es temporada de desove de tortugas, así que no tenía mucho que hacer, pero me propuso ir algún día al proyecto en el que estaba trabajando entonces.
Al día siguiente volvimos a Carenero, esta vez queríamos alquilar un kayak para dar un paseo por el mar. Pagamos por 4 horas y emprendimos nuestro paseo.



La verdad es que a mí me dio un poco de miedo no saber qué es lo que había debajo nuestro, además nos pareció que remar nos costaba más de lo que recordamos de otras veces, así que volvimos y nos dejaron pagar por 1 hora en vez de por las 4. Cuando sacamos el kayak del agua vimos que el problema era que estaba roto por algún lado y entraba agua, por eso nos costaba remar y a ese paso nos hubiéramos acabado hundiendo. El chico no nos cobró nada por las molestias, y aun así, contentos, nos fuimos a pasar el resto del día a la playa de siempre, donde comimos y bebimos agua de coco que nos bajó un chico del árbol.
El resto de esa semana no hicimos mucha cosa: fuimos un par de días al Selina, fuimos a Carenero algún día, David se intoxicó comiendo pescado y descubrimos que en la tienda gourmet vendían algunos productos veganos.
El domingo ya había vuelto el novio de Georgina, Jorge, que trabaja en un escuela de buceo en la isla Batimentos, y decidimos ir a bucear los 4.



Hicimos dos inmersiones, una de ellas en un barco hundido, y fue increíble. El fondo marino era como una exposición, arena blanca con un montón de coral y algas de muchísimos colores, pececitos por todos lados, miles de estrellas de mar, una manta raya, una langosta...¡y un par de sepias!






Entre pitos y flautas estuvimos allí todo el día y cuando volvimos fuimos los 4 a cenar a una pizzeria en la que aún no habíamos estado.
Decidimos quedarnos solo una semana más, pues estábamos muy a gusto pero teníamos ganas de seguir con nuestro viaje. Así que esa semana quedamos varias veces con Georgina, fuimos a Carenero un día entero con ella, una noche nos invitó junto a Jorge a cenar a su casa, fui a una clase de Zumba agotadora con ella, comimos con Nahuel y Lucía y fuimos al Selina a beber cerveza, David hizo snorkel en el muelle, asistimos a una charla sobre cangrejos, visitamos de nuevo Bastimentos, esta vez para cruzar la isla e ir a la preciosa Playa Wizard, la misma noche que Georgina nos llevó a cenar en Ohm, un restaurante indio, y cenamos con el grupo de argentinos que conocimos en el Valle de Antón, Laureano, Estefania, Tati, Chuflai y Sabrina, para despedirnos. El día que íbamos a irnos llovía un montón, así que decidimos irnos al día siguiente y ese día, por supuesto fuimos a echar las últimas cervezas con Georgina.



Nos encariñamos mucho con la familia que nos acogió, sobretodo con los niños y con los perritos, con los que jugábamos todos los días. En el casi mes que estuvimos allí murieron dos de los cinco perritos de la casa, un cachorrito que estaba enfermo y Panda, que murió atropellado por un coche y por el cual lloramos todos...
Por suerte a la hora de irnos no estaban todos para despedirnos y Cosquillitas no se enteró muy bien de que ya no volveríamos a vernos, él solo insistía en seguir jugando a "escalar la montaña", así que se hizo menos duro. Recogimos la tienda, que hasta el momento la teníamos desordenadísima, llena de trastos y empezamos nuestro camino hacia Costa Rica, pero eso ya es otro capítulo...

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