Las aventuras de una viajera vegana

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Playa Venao

Después de hacer las mochilas y despedirnos de la gente del rancho, partimos de nuevo hacia la carretera. Cogimos un bus hasta Chitré que nos costó 5$, en el que desayunamos, otro hasta las Tablas, donde nuestro equipaje iba en el techo agarrado con cuerdas, que nos costó 1,5$, y un último hasta Pedasí, que nos costó 2,4$, en el que iba un hombre con una caja de 100 pollitos que no paraban de piar y nos rompió el corazón. La idea principal era ir a Pedasí, visitar Playa Arenal y Playa Toro, vender un poco y más adelante ir a Playa Venao. Llegamos a Pedasí y de camino a la playa en busca de algún sitio donde dormir nos paramos a hablar con un chico que nos dijo que en Venao se vende más y que no nos recomendaba quedarnos en Arenal, le hicimos caso y nos fuimos. Nos habían dicho que Venao estaba muy cerca, así que empezamos a caminar, comiéndonos un bollo, bajo el sol del mediodía. Por el camino sacábamos el dedo, a ver si nos cogía algún coche y antes de que se acabara el pueblo nos cogio un buen hombre que nos dejó a medio camino. Por suerte rápidamente nos cogió otro que nos dejó en la misma entrada de la playa.
Bajamos a la playa a buscar algún hostal donde acampar y nada más llegar salió un chico del restaurante Playa Venao, Gabriel, que nos dijo que podíamos acampar sin problema en la playa mismo, que es muy seguro, y que podíamos usar las duchas del restaurante. Aún así David fue a preguntar precios a los hostales, porqué la idea de irnos a bañar o a pasear y dejar todo ahí solo no nos gustaba mucho. Mientras él preguntaba llegó Rubén, el dueño del restaurante, que me preguntó que qué buscábamos, y me dijo que si queríamos podíamos acampar gratis en el patio de la casa donde viven sus empleados. Cuando llegó David, por supuesto aceptó y nos subimos a sus coche para que nos llevara, en el asiento de atrás había un arma enorme, y cuando David preguntó si era de juguete él se rió y la apartó...¡era de verdad! Fuimos todo el camino echándonos miraditas de inquietud mientras Rubén nos enseñaba todos sus futuros proyectos por la zona...y nos decía que quizás más adelante podríamos trabajar en el restaurante. Llegamos a la parcela, que constaba de 3 o 4 habitaciones de empleados, un baño y unas cuantas habitaciones más en construcción. En el resto del solar los trabajadores estaban lijando los muebles del restaurante, preparándolos para la temporada. Allí mismo acampamos, y cuando Rubén se fue preguntamos a una chica de las que había por allí si todo ese rollo era de fiar, y nos dijo que sí, que no nos preocupásemos.





Una vez instalados bajamos a la playa a darnos un baño y a flipar una vez más con la hermosura que nos envolvía.



Más tarde nos pasamos por el restaurante a conocer a los chicos y a tomar una cervecita, y ahí empezó la pesadilla de la chitra (un minimosquito casi invisible que pica y duele que no veas, y deja unos granitos que no puedes dejar de rascarte hasta que sangra). En Venao hay un par de tienditas de comida, pero no son nada asequibles para ningún bolsillo, así que al día siguiente tocaba excursión a comprar a Cañas, el pueblo de al lado. Con los pies llenos de picadas nos fuimos a cenar y a dormir.
Nos levantamos al día siguiente y, haciendo autostop, llegamos a Cañas. Entramos al minisuper (por supuesto tampoco hay un súper normal) y a parte de ser todo caro no hay mucha variedad donde elegir. Cogimos dos o tres cosillas, entre ellas anti insectos, porqué teníamos la tienda llena de hormigas y de chitra. Volvimos desayunando por el camino y nos pasamos el día en la playa sin hacer nada. A mediodía queríamos cocinar arroz y cogimos palos para hacer fuego en el solar, pero nos prestaron un fogón, en teoría para que no se ensuciara el suelo, pero yo creo que era que dábamos penita ahí haciendo fuego bajo el sol..., así que cocinamos como en casa y a la sombra. Nos duchamos y bajamos a la playa de nuevo a ver la puesta de sol. En e restaurante con los chicos, nos explicaron que últimamente veían muchas tortugas saliendo a desovar por la noche. Nos fuimos con Gabri, el chico argentino que nos recibió e día anterior al bar Selina, también en la playa y a media cerveza nos sorprendió una boa que se había colado, ¡súper normal!



Volvimos dando un plácido paseo por la playa y tuvimos la gran suerte de ver cuatro tortugas saliendo a desovar. No pude contener las lágrimas, toda mi vida soñando con ese momento, ¡no me lo podía creer! Lastimosamente también vimos nidos con los huevos robados, allí todavía ha quienes se lucran con su venta...y decidimos hacer algo al respecto si podíamos. Aquella noche fui a dormir con una gran sonrisa, feliz. A media noche David me despertó con los pies ultrainflados, desesperado por el picor, y yo me di cuenta que yo los tenía igual y me empezaron a  picar también, ¡era insoportable! Recordamos que momentos antes Gabri nos había dicho que si nos picaba nos echáramos limón y así lo hicimos...¡funcionó! ¡Un momento de escozor y adiós picor!



Como habíamos comprobado que los minisupers de Pedasí eran más grandes que los de Cañas, aunque no más baratos, nos dirigimos nada más levantarnos a Pedasí a comprar para los siguientes días. Llegamos, compramos y fuimos a desayunar a la panadería Pedasí y comimos bollos de nuevo. Volvimos, comimos, pasamos la tarde en la playa, paseando y descubriendo sus pequeños animalitos, como las caracolas, y después del atardecer nos fuimos a arreglar porqué en el Selina había fiesta de rumba electrónica.



Bajamos después de cenar, pero esa fiesta nunca se hizo, esperamos un rato a ver si venía gente, pero nos estábamos quedando dormidos y hacía frío, así que nos volvimos a la tienda. Paseando poco a poco por la playa de vuelta, con una luz muy tenue, tuvimos de nuevo la enorme suerte de ver una hermosa tortuga saliendo a desovar. Decidimos esperar a que hiciera el hoyo, pusiera los huevos y los tapara, todo un espectáculo, y una vez que se fue tapamos todas las huellas e hicimos una pequeña marca para verificar al día siguiente que no habían robado los huevos. Y así fue, allí estaban aun. Es lo más hermoso que he visto nunca. Otra noche que me iba a dormir con una enorme sonrisa, feliz. Aunque la sonrisa duró hasta el nuevo ataque de las chitras, ¡es desesperante!
Muy cerca de la playa hay una cascada súper linda, así que al día siguiente, después de desayunar, decidimos ir a verla y bañarnos en el río, que ya echábamos de menos el agua fría. Para llegar tuvimos que andar por la carretera hasta el hostal Ecovenao, y entrar.



Desde allí empieza un bonito sendero por la montaña al lado del río muy bonito.



Al cabo de veinte minutos llegamos a la pequeña cascada, ¡preciosa! ¡Y estábamos solos! Disfrutamos de horas de baño y masajes de agua, fotos, galletas y juegos, y cuando los mosquitos empezaron a atacarnos nos fuimos a comer.









Y, ¡a que no sabéis lo que comimos, en la playa, a 35ºC ¡Lentejas! Aunque no pegaban estaban buenísimas, y nos comimos una olla entera llena. Por la tarde paseamos por la playita, vimos el impresionante atardecer y corriendo nos pusimos ropa larga y repelente para que no nos picaran las chitras, aunque eso no servía de mucho...y por la noche, a pesar del calor dormimos tapados y con la tienda cerrada...¡insoportable!
Al día siguiente tocó otra excursión, Playita Resort. Caminamos los 3Km de playa, un paseo realmente bonito, y al llegar al último riachuelo (hay 4), nos metimos por el caminito de bosque y llegamos a Playita, una cala más pequeña que Venao, desierta y con aires de Caribe, sin arena blanca, pero con el agua cristalina...¡qué preciosidad!



Al llegar vimos unas mesas de madera con sombra y con tan solo apoyar las mochilas salió una señora gritando: ¡5$! ¡Está prohibido! ¡Tienes que pagar!... Menudos modales...Ya ves tu el problema, nos fuimos a sentar debajo de un árbol enorme.



Estuvimos toda la mañana en el agua, haciendo snorkel, viendo peces globo, morenas y pececitos pequeños de colores preciosos, y nos echamos una buena siesta. Estábamos tan agusto que se nos hicieron casi las 4 de la tarde.









Fuimos a comer y volvimos a bajar a la playa. Mientras David se daba el último baño del día, (¡como si no hubiera tenido suficiente!), yo disfruté de una increíble puesta de sol rodeada de miles de libélulas y golondrinas...



El día siguiente era el día de la madre, festivo aquí. Nada más despertarnos nos fuimos a Cañas de nuevo, esta vez a visitar el pueblo. Paramos primera a comprar el desayuno, y luego seguimos carretera adelante, que es en lo que consiste el pequeño pueblo: una carretera con casitas pequeñas a los lados, un colegio y una iglesia. Después de un buen rato caminando llegamos a un punto donde la carretera donde había muchas vacas en medio del camino, nos dio miedito pasar y volvimos para atrás.



A parte de eso hacía un calor insoportable, así que lo mejor era volver a la playa (donde no hay ninguna sombra). El resto del día fue como los demás, tarde de playa, súper atardecer rodeados de cangrejos, un ratito en el bar y a dormir. Por la carretera de vuelta a "casa" se podía oír a los coyotes aullando, aunque, como los monos, no conseguimos verlos...
A pocos kilómetros de Cañas está Isla de Cañas, una isla de unos 15Km con una playa espectacularmente grande y desierta. Después de desayunar nos dirigimos hacia allí. Hicimos autostop hasta Cañas, y allí nos dijeron que en 3Km llegaríamos a donde se cogen los botes para ir a la isla. Caminamos más de 3Km bajo el sol y no llegamos y encima todos los coches venían en dirección contraria... Por fin el único coche que iba para allá se paró y nos acercó allí. Para coger el bote como la marea estaba baja,tuvimos que caminar un buen rato por un manglar precioso...¡a que suena bonito? Bonito fue, pero también un tanto asqueroso. Caminar por el manglar significa llenarte de lodo hasta las rodillas, descalzo, pisando hojas, palos y ¡vete a saber qué bichos!




Una vez superado eso, por fin llegamos al bote, donde nos cobraron 1$ por ser extranjeros, en vez de 0,5$ que les cobran a los locales...David le explicó a la lanchera que eso es racismo, y ella se quedó pensativa. Caminamos el único caminito que vimos rodeado de pequeñas casitas y llegamos a la inmensa playa.




Estábamos completamente solos...nos dimos un baño rápido y volvimos a la sombra de un árbol, ¡era imposible estar un solo minuto al sol! Encontramos un par de hamacas y nos quedamos fritos un buen rato. Al despertarnos con la música de una cantina, volvimos a bañarnos y nos fuimos a comer a uno de los restaurantes, comida del día por 3$, ¡y no te la acabas! En la tele estaban dando Matrix y nos quedamos embobados viéndola hasta el final. Luego volvimos al muelle a coger el bote de vuelta.



Coincidimos con una chica y dio la casualidad que la venía a buscar un amigo suyo y pasaban por Venao, y nos dijo que fuésemos con ellos La lanchera se sentía mal por lo de cobrarnos más y nos dijo que ella no era racista y que no nos cobraba la vuelta. Subimos al coche con la chica y su amigo, que se encendieron una pipa de marihuana, ¡así que imaginaos el viajecito! ¡Casi nos pasamos donde nos teníamos que bajar! Nos dejaron a la entrada de la playa y fuimos a darnos un baño...y nos dimos cuenta de que no teníamos nada para cenar, así que decidimos volver a Cañas a pesar de la hora que era. Mientras esperábamos un coche para volver vimos a una señora reuniendo basura y palos alrededor de un árbol enorme y prendiéndole fuego. Le preguntamos que por qué hacía eso y la respuesta fue: no pasa nada...¡flipamos!
Volvimos a pasar por el restaurante para despedirnos de los chicos, ya que habíamos pensado en la oferta de trabajo y no nos convencía, así que al día siguiente nos íbamos hacia Playa Arenal, pero eso ya es otro capítulo..

sábado, 19 de diciembre de 2015

El Valle de Antón y Santa Clara

Después de no dormir nada con los ruidos del chino poseído, desayunamos, hicimos las mochilas (deshaciéndonos de alguna que otra cosa) y en la estación Multicentro cogimos un autobús hacia Albrook, GRATIS, cómo no. Allí cogimos otro hacia el Valle, pagamos 4,25$ por persona. Aquel autobús parecía estar en un rally, una vez empezada la montaña, iba rapidísimo por una carretera estrecha, de dos sentidos, con miles de curvas cerradas, lloviendo y cargado de niños que iban y venían de la escuela...pero no pasaba nada, todos iban súper tranquilos porqué en la radio sonaba una canción de reggaeton que decía algo así como: ¡olvida tus problemas que la vida está para gozarla! Por fin llegamos al Valle de Antón, un pueblo que se encuentra en un cráter de un volcán inactivo. Cómo no, llovía y una señora nos acercó hasta el hostal que buscábamos: La Casa de Juan.




Realmente no tenía nada que ver con lo que se muestra en Internet, sí tenía todos los servicios que prometía, pero el aspecto y la higiene dejaban mucho que desear, aunque como era barato (5$ la noche por persona), allí nos quedamos. Nos recibieron Giovanni (el hijo de Juan) y un trabajador del hostal. Como llovía nos dejaron plantar la tienda bajo el porche.



Nos explicaron un poquito todo lo que se puede ver en el pueblo y nos fuimos a pasear con Giovanni para ver los árboles cuadrados. Para esa actividad hay que entrar por el Hotel Campestre, y te cobran 2$ por persona, así que no entramos, y nos volvimos mientras Giovanni nos explicaba cosas del pueblo y de su vida. Cuando llegamos al hostal ya había llegado Juan, que nos dio un mapa del Valle y nos explicó todo lo que hay que ver con más detalle (casi todo de pago) y nos enseñó unas cuantas fotos. Como a las 18h ya es súper de noche nos pusimos a jugar al billar (destrozado, todas las bolas se metían por el mismo agujero), cenamos y nos fuimos a dormir, con los 4 perretes que que vinieron con nosotros y no nos dejaron dormir con los ladridos.






Nos levantamos al día siguiente y Blanca, Blaky y Chuchín nos esperaban en la puerta de la tienda. Desayunamos fuerte y nos fuimos de ruta por la montaña, al Cerro Macano, que casualmente es propiedad de Juan, un paseo muy agradable con unas vistas espectaculares. Íbamos con la esperanza de ver un tucán ¡y lo vimos! además de colibrís, águilas, que están por todas partes, cuervos, buitres y mariposas de tamaños y colores increíbles.







Después de unas horas de caminata volvimos al hostal a comer algo rápido y volvimos a salir. Fuimos paseando por el pueblo hasta las pozas termales. Por la entrada te cobran 3$ y se trata de un  recorrido específico en el que te vigilan para que lo hagas bien: entras, te cambias en el vestidor, sales, te pones una mascarilla de arcilla natural en la cara, esperas 15 minutos con los pies en remojo (tiempo en el que te comen los mosquitos), te duchas y te metes en la piscina de agua termal...la verdad es que el sitio nos decepcionó un poco, todo tan controlado para algo tan natural, ¡pero qué agustito se estaba en el agua!



Después de 45 minutos en la piscina volvimos al hostal como nuevos. Resulta que en el pueblo hay un supermercado normal, ¡y nosotros cargando con toda la comida! A las 18h empezó nuestra rutina de tardes: billar, cena, más billar y dormir, ¡de nuevo horario gallinil!
Al día siguiente después de desayunar decidimos salir a hacer alguna otra ruta por la montaña que no se tuviera que pagar, ya que se puede visitar la Índia Dormida, pero también te cobran (a no ser que empieces por un brazo, que de eso nos enteramos más adelante)...así que empezamos a caminar por donde nos pareció, todo urbanizaciones con casas impresionantes, súper bonito en realidad. Por e camino nos encontramos a José, un niño de 10 años que paseaba con su bicicleta, y su paraguas, por supuesto, y se unió a nuestro paseo.



Hablando de todo y compartiendo caramelos y cacahuetes, nos explicó que no se puede ir por la montaña más que por las rutas de pago y el Cerro Macano, porqué todo es privado y está prohibido el paso, así que cuando llegamos al Níspero, un zoológico al que por supuesto no íbamos a entrar, nos dimos la vuelta y volvimos y volvimos a la carretera principal. Seguimos el paseo adelante hasta que llegamos al Mercado de Artesanía, dimos una vuelta por allí y preguntamos a un vendedor la hora a la que retransmitían allí el partido Madrid-Barça de esa noche. Estaba a punto de empezar y nos acompañó a un bar cercano, donde lo vimos rodeados de panameños fanáticos y muertos de frío por el aire acondicionado.
Después del partido nos fuimos a comer al hostal y cómo no, se puso a llover a cántaros, y ya nos quedamos toda la tarde allí, jugando al billar con unos franceses que vinieron, y poco más.




Amaneció lloviendo, así que por la mañana nos lo tomamos con calma. Cuando dejó de llover y salió el sol cogimos nuestra mochila y los chubasqueros (tenemos bien aprendida la lección) y nos fuimos a pasear por las urbanizaciones del pueblo. Llegamos a un trocito de montaña súper bonito, aunque como iba con chanclas decidimos no adentrarnos mucho y...se puso a llover a muerte, nos metimos debajo de un árbol, pero llovía tanto que aún así nos empapamos enteritos, así que una vez ya mojados fuimos volviendo al hostal "xinu-xanu" bajo la lluvia, jugando a hacer carreras de palitos riachuelo abajo, ¡como críos!



Llegamos al hostal y después de comer David se dio cuenta de que le dolía un poco la rodilla. El día anterior se había petado un granito y se le había infectado un poco, así que con un alfiler, unas pinzas y una gasa procedimos a limpiarlo. Al cabo de un rato tenía la pierna como un chorizo y no podía moverla, y además tenía otra hinchazón un poco más abajo. Fui a la farmacia con una foto de su rodilla para ver si me podían vender algo, pero la farmacéutica me dijo que tenía pinta de alergia a alguna picada de insecto y que tenía que ir a médico de urgencias. Cuando volví Juan nos acercó en coche al Centro de Salud. Allí nos atendió el doctor Zabala, quien con un solo vistazo nos dijo que eso no era una picadura, sino un absceso provocado por petarse el granito con las manos sucias, o como dicen los panameños es que tienes la sangre sucia. Le recetó inyecciones de antibiótico y antiinflamatorio para los 6 próximos días, por lo que nos teníamos que quedar allí 6 días más máximo, aunque habíamos dicho de irnos al día siguiente, pero así es la vida... Le pusieron las inyecciones en el culo y volvimos al hostal, sabiendo que tocaban día de reposo absoluto. En ese momento empezó mi papel de mamá-enfermera.



A partir de ese día empezamos una rutina diaria: levantarnos, desayunar con ajo (que es antibiótico natural), ir al médico a que le inyectaran las medicinas a David (aquí empezamos a hacer autostop regularmente, ya que David no podía caminar), volver, tomar café en la fonda Laurita, comprar algo de comida sana aprovechando el supermercado, hacer macramé, escribir y jugar al billar. No por eso se nos hizo muy pesado, pues cada día era diferente. Un día por el camino nos encontramos un coco y lo abrimos y lo disfrutamos, otro día nos encontramos un mango e hicimos zumos de piña, maracuyá y mango, descubrimos el árbol de canela y con sus hojas nos hicimos infusiones, otro día llegó a hospedarse un grupo de hippies con quienes hablamos mucho...entre ellos una chica que llevaba un gatito cachorro que la primera noche ya murió devorado por los perros...así de relajados parecía que la rodilla de David iba mejorando, pero sin querer se dio un golpecito con el filo de una mesa y la cosa empeoró bastante. El viernes estaba tan mal que le vio el doctor y le cambió el antibiótico por otro más fuerte por 4 días más, y nos enviaron al hospital de San Carlos para que le hicieran una analítica en el laboratorio. Cogimos el autobús hasta San Carlos, pagamos 2,6$ por cabeza, hice cola en el laboratorio, me mandaron a la otra punta del hospital a pagar la analítica, volví, sacaron sangre a David y nos mandaron esperar. Una hora más tarde nos daban los resultados y volvimos al Valle en el mismo autobús, pero esta vez nos cobraron 3,6$, incomprensible... Llegamos al Centro de Salud un cuarto de hora antes de que cerrara, y el doctor nos dijo que tenía una gran infección, que necesitaba 3 días más con el nuevo antibiótico y nos mandó unos medicamentos para el dolor y para ayudar a que el grano reventara y saliera toda la infección. Ya ese mismo día con todo eso mejoró la cosa bastante, seguimos con la rutina y al día siguiente por fin reventó (3 días seguidos supurando).
Como no habíamos podido ir a ver la Índia Dormida, unas personas del hostal se ofrecieron para darnos un paseo en coche por aquella zona, y como la palabra paseo nos pareció tan inocente aceptamos. Al cabo de un rato nos vimos en el coche en medio de la montaña, el conductor y la copiloto bebiendo birra y vodka como si no hubiera mañana, cuando ya llevábamos unas dos horas de camino y se hacía de noche, el conductor se dio cuenta de que no llevaba la documentación...cuatro horas de paseo con curvas y cada vez más oscuro...pero llegamos sanos y salvos de vuelta al hostal.




Nos habían hablado ya de Santa Clara y aunque nuestra idea era ir de allí a Pedasí, Juan nos convenció para ir a Santa Clara. Pasamos el último día allí muy tranquilos, sin hacer mucho, preparándonos para partir al día siguiente.
como todos los días anteriores David, esta vez solo, se fue al Centro de Salud a ponerse sus inyecciones y yo de mientras preparaba las mochilas. Cuando lo tuvimos todo listo nos fuimos. No pudimos despedirnos de la familia, pues Giovanni estaba en el colegio y Juan todavía dormía, así que nos despedimos del trabajador y de quienes más nos costó, de los perros. Salimos del hostal y debieron de saber que no volveríamos, pues por una vez no nos siguieron.



Cogimos un bus hasta las Uvas que nos costó 1,5$ por persona y en las Uvas cogimos otro dirección Penonomé por 1$, que nos dejó en la parada más cercana a Santa Clara. Cruzamos la Panamericana y caminamos recto por el pueblo durante 20 minutos hasta llegar a la playa. Una playa impresionante, grande y preciosa, llena de ranchos donde viven los pescadores. Hay varios sitios donde ofrecen cabañas para hospedarse, pero nosotros buscábamos un rancho donde te dejan acampar y pagas la voluntad. Lo encontramos sin mucha dificultad y como la marea estaba muy alta nos dejaron acampar en el corral.



En ese mismo rancho conocimos a Valeria, una chica holandesa que iba a quedarse dos noches y ya llevaba dos semanas,y como era vegana solo comía pan y plátanos...creemos que no se había esmerado mucho en mirar los productos del súper...Pasamos un día muy agradable, casi todo el tiempo dentro del agua, a pesar de las olas enoooormes que había.



Disfrutamos de uno de los más bonitos atardeceres que he visto nunca...








Por la noche subió tanto la marea que nos asustamos porqué creímos que iba a llegar a la tienda, ¡casi pero no! Antes de ir a dormir estuvimos un buen rato hablando con Valeria y Bondy, un chico de allí, en una terraza mirando las estrellas. ¡Espectacular! Y si en el Valle eran los perros los que no nos dejaban dormir, allí eran los gallos...¡toda la noche cantando! Y anda que eran pocos...
Resulta que allí donde hay supermercado llevamos comida y donde no lo hay vamos con las manos vacías, ¡si es que a llevar 4 mochilas se le puede llamar manos vacías! Después de esperar a que se hicieran las 8h, desayunamos en uno de los restaurantes de la playa, el cual nos salió caro, porqué al precio de la carta le añadieron el impuesto de no sé qué, la propina...que luego descubrimos que era ilegal...¡palomicos! Nos fuimos Panamericana pa'lante en busca de un súper grande que nos habían dicho que había, pero en vez de eso nos encontramos el Mercado Río Hato, que también nos sirvió, y donde encontramos fruta y verdura a buen precio. Seguimos hasta el siguiente pueblo en busca de un cajero, porqué en Santa Clara no hay, y en vez de volver por donde habíamos ido decidimos volver por la playa. Preguntamos si era posible y nos dijeron que solo se tenía que saltar una piedra...¡una piedra que resultó ser una montaña llena de cactus!¡Y yo con chanclas! A pesar del mal rato conseguimos cruzar y llegar de nuevo a Santa Clara. Una vez allí justo llegaban los botes de pescadores con toda la mercancía, cajas y cajas de bonito. Preguntamos por el precio de la pieza y David compró uno enorme por 2$.




Ese día había bastante gente en la playa, el fenómeno del panameño y su cooler, así que cogí mis pulseras y me aventuré a venderlas, ¡con mucho éxito!



Cuando volví aprovechamos los últimos rayos de sol en el agua y hablando con un grupo de panameños que nos invitaron a cerveza y cuando se fueron nos dejaron las botellas de gua que les sobraron. Esa misma noche continuamos produciendo pulseritas. Cuando ya se iba la luz nos pasábamos un buen rato en unas hamacas observando las estrellas, las luciérnagas y acompañados de Chiquita, una perrita que enseguida se hizo nuestra amiga.




Al día siguiente hacía un calor insoportable, así que por la mañana fuimos a minisúper del pueblo y nos volvimos cargados de plátanos y agua. Pasamos el resto del día en el agua, nisiquiera fuimos a vender, ¡era imposible!






Por la tarde descubrimos la merienda perfecta: galletas Maria con crema de cacahuete y plátano. Entre agua y macramé se nos hizo de noche y preparamos las mochilas para continuar el viaje al día siguiente. El mar hizo su efecto y David por fin volvía a tener la rodilla en perfecto estado. ¡Susto superado! Ahora sólo nos quedaba saber qué era lo que nos picaba, pues teníamos las espaldas llenitas de picaduras...

Al día siguiente sí que partíamos hacia Pedasí, pero eso ya es otro capítulo...