Las aventuras de una viajera vegana

lunes, 25 de enero de 2016

Santa Catalina

Nos despedimos de todos los lancheros de Zulema, de Jean Carlos y de la señora del restaurante. Un hombre que andaba por allí (de Tenerife) se ofreció a llevarnos al pueblo y nos dejó en la piquera de buses de Pedasí. Cogimos un bus hasta Las Tablas que nos costó 2,4$, donde por enésima vez nos pidieron el pasaporte. Allí mismo cogimos otro bus hasta Chitré por 1,5$, empalmamos con el bus hasta Santiago, que nos costó 2,5$ y allí cogimos otro hasta Soná por 2,5$. Por fin en Soná cogimos el último hasta Santa Catalina, que cuesta 4,75$, y tiene una tele donde reproducen reggaeton todo el rato a todo trapo. Nos pasamos el día entero viajando, yo me encontraba fatal, y cuando llegamos a Santa Catalina eran casi las 18h y no habíamos comido nada.
Justo donde nos dejó el bus había un hostal, el Oasis Surf Camp, entramos a preguntar y solo tenían para ofrecernos un sofá cama pequeño para los dos en la sala de estar...por 8$ por persona. Con tal de no moverme más aceptamos y pagamos esa noche. La chica nos explicó mientras comíamos que en el pueblo no hay cajeros y que en la mayoría de lugares no se podía pagar con tarjeta...¡y nosotros le acabábamos de dar nuestros últimos billetes! Bueno, la aventura es la aventura, ¿no? Muchas pulseras teníamos que vender para sobrevivir... Aquella noche dormimos un poco mal, había muchos mosquitos y un chico que no dejaba de toser, y a las 7h todos empezaron a despertarse en manada, así que ¡arriba!
Los mismos dueños del hostal tenía un hotel en la Playa Estero, a 20 minutos caminando desde el pueblo, donde es posible acampar. Aunque ya habíamos decidido pasar tres noches en el hostal, caminamos hasta la playa y nos metimos en el hotel. Flipamos, el hotel está construido en la misma arena de la playa, y la zona de camping era perfecta. nos dieron la opción de mudarnos y así lo hicimos, nos llevaron a buscar las cosas en el coche del hotel. La playa donde estábamos es una enorme playa de surferos, apartada del pueblo, y donde la subida y bajada de marea es enorme, ¡unos 70m de distancia! Allí Camilo, un chico colombiano de 17 años, nos ayudó a instalarnos en el camping. Lo malo de aquel sitio es que no teníamos disponibilidad de cocina, así que teníamos que comer crudo, pero con la poca variedad que tenían en los supers...no abandonamos el bocata de pan bimbo. Aquel día nos lo tomamos con mucha calma, paseamos por la playa, haciendo dibujos en la arena, leímos, hicimos macramé y disfrutamos del increíble atardecer (el primero de muchos).




Al día siguiente alquilamos una tabla de surf por la mañana y David me enseñó a surfear, ¡qué emoción! ¡Estuvimos toda la mañana en el agua y desde el principio conseguí coger olas! Nos divertimos muchísimo. Por la tarde los chicos del hotel, Camilo y Meli, una chica argentina que viaja desde hace dos años, nos invitaron a ir con ellos a una fiesta en un bar del pueblo. Como ya estábamos hartos de pan bimbo, cenamos en el restaurante, que tampoco está tan mal de precio y te pones las botas. Después de eso nos fuimos con un buen grupo hacia la fiesta. Al salir del hotel hay un pequeño río que cuando la marea está baja te llega por los tobillos, pero cuando está alta...nos tocó mojarnos hasta la cintura para cruzar. Con el culo mojado llegamos a la fiesta. Fue divertido y conocimos a mucha gente. Pudimos ver una tarántula macho, ¡increíble! Aunque había una chica que pedía a gritos que la matásemos, ¡por supuesto no lo hicimos!
El viernes fue un día de colada, uno de los chicos, Maikel, nos regaló una pipa amarilla que estaba riquísima, y otro chico, Andy, trajo un altavozaco de 200W y pasamos el día escuchando música al estilo panameño (a fuego), pero reggae en vez de reggaeton (¡menosmal!).



En el restaurante hacen una oferta de 20$ al día donde por ese precio desayunas, comes y cenas, y decidimos compartir las comidas. A la hora de la cena, llegó la chica que quería matar a la tarántula acompañada de su guía, que sostenía una culebra preciosa muerta, que le obligó a matar porqué tenía demasiado miedo, ¡chillaba como una loca! (¿Qué hace una londinense con miedo a los animales en plena naturaleza panameña?)
Por la noche hicimos una hoguera en la playa con toda la trupe, y era tan bonito y estábamos tan a gusto que decidimos quedarnos allí a pasar las fiestas de Navidad.



Pagamos camping y comida hasta el domingo, el lunes ya buscaríamos otra opción. Las dos noches del fin de semana los chicos nos llevaron a cenar a la pizzería Yolo, una maravilla de sitio, donde te hacen una pizza por 9$, a compartir, porqué es enorme, y puedes pedir todos los ingredientes que quieras. Además el trato es inmejorable. Si vais a Santa Catalina tenéis que comer allí (no tiene perdida, el pueblo solo son dos calles). Una de las dos noches en la tele estaban dando MMA y nos quedamos embobadísimos viendo como se daban de ostias mientras nosotros disfrutábamos de la pizza.
Llegó el lunes y decidimos sacar la tienda del camping y montarla en la playa, a tan solo unos metros, cocinar haciendo fuego e ir entrando al hotel a tomar algo para poder hacer uso de las duchas. Los chicos nos guardaron las mochilas para que no hubiera problema de robos. Por cierto, ¡el segundo día de estar allí a David le robaron el móvil de la tienda! Esa noche fuimos solos a cenar a Yolo, porqué queríamos probar la pizza con banano, pero no había...así que nos comimos un "sanduich", que nos encantó igualmente. Yolo no decepciona. Al volver por la playa, nos dirigíamos hacia la tienda cuando oí algo así como un perro escarbando en la arena. Me acerqué a ver si era el del hotel, pero era...¡una tortuga enorme desovando! Fuimos corriendo a avisar a los chicos a hotel, y pudimos, una vez más, disfrutar de aquel hermoso espectáculo. Siempre está el típico imbécil que la alumbra directamente con la linterna y aunque le digas que no lo haga, porqué la tortuga se asusta y se va sin desovar, lo sigue haciendo. Suerte que se aburrió rápido y con sus aires de grandeza se fue. Todos nos alegramos. Acompañamos a la tortuga hasta el mar sin que nos viera, no dejé de llorar en un buen rato, y nos despedimos de los chicos. Vimos un hombre merodeando solo por la playa que balbuceaba del pedal que llevaba. David no le dio importancia, pero a mí me dio miedo dormir allí tan desprotegidos, así que después de discutirlo un buen rato volvimos a armar la tienda dentro del camping. Imaginaos la situación, en medio de la noche, cargando la tienda a peso, abierta, nada de plegarla, parecía la virgen de la Macarena pero en versión mochilero...
Como en dos días era Noche Buena, David no tenía móvil, y no teníamos dinero en efectivo, fuimos a Santiago a sacar dinero y a hacernos con un móvil panameño. Llegamos por la tarde al hotel y los recepcionistas consiguieron que el jefe nos hiciera una ofertilla para las noches hasta el día dos de enero. Por la noche Camilo nos hizo una arepitas colombianas en una hoguera que hicimos, y estuvimos hasta tarde riéndonos, contándonos batallitas de cada uno.




Al día siguiente nos metimos en el mar a enseñar a Meli a hacer surf, ¡Nos lo pasamos genial! Por la noche se puso a llover a cántaros, ¡y otra vez a mover la tienda! Esta vez fuimos a dormir bajo el porche de Maikel. Cuando llegó debió flipar...
El día de Noche Buena me pasé buena parte del día intentando por activa y por pasiva hacer un Skype con mi familia, incluso me había hecho con una tarjeta panameña para poder tener Internet y Skype con mi teléfono, pero nada de eso funcionó, y me entristecí un poco... Pero por la noche todo cambió: fuimos a cenar detrás del restaurante donde vivían todos los empleados, con los chicos. Hicimos gazpacho, hummus, guacamole y tortilla de patatas y bebimos algo de alcohol.



Más tarde salimos a la playa a hacer una hoguera bajo la luna llena con todos los demás y reímos y bailamos hasta tarde.



Al día siguiente nos dijeron que el jefe había llamado para echarles bronca por dejarnos entrar a cenar a su casa. La familia del restaurante era un tanto especial y se pasaba el día observando lo que hacíamos, que básicamente era ir a ratos a hacer macramé y hablar con los chicos a la recepción cuando no había nadie, pues se pensaban que los distraíamos.



Además era la tercera vez en dos días que insistían en que pagásemos o no nos hacían la oferta. Indignados decidimos pagar todo hasta el momento, despedirnos con una última pizza de los colegas (aunque no fue en Yolo) y al día siguiente ir a Boquete, zona de bosque tropical, a cambiar de ambiente, aunque eso ya es otro capítulo...

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